CUANDO YO TE VUELVA A VER

por Mónica Flores Correa

El recuerdo le tocó el hombro frente a la Torre de los Ingleses. Se acercó con paso leve, un aliento en la nuca, y rápido, un sacudón ingrávido. Se aproximó sin atinar a besarle los párpados porque Malena los tenía muy enrollados tratando de cruzar Libertador, la avenida oceánica a surcar.

Fue, pudo haber sido, el tráfico endemoniado el que convocó esa visión del pasado, la burla a la luz roja de los conductores posesos y la impresión de que el peatón era un naúfrago- ella, Malena, entre los naúfragos- lidiando por llegar a alguna orilla.

Sobre todo fue, pudo haber sido, aquella muchacha que hacía equilibrio en los patines, el pelo larguísimo, aúreo de sol, que estacionada en la linea amarilla que dividía precariamente las dos manos, esperaba cruzar. Se la veía intrépida y desdeñosa, más alta que los otros peatones que la escoltaban. 
Simplemente más joven.

Allí está Agustina, pensó Malena. En realidad, la chica era apenas parecida a la que había sido su compañera de facultad en una década lejana. Aquella Agustina desgarbada, sin apellido recordado, la de la triste figura, quien de niña, y ésto es lo que Malena mejor recordaba, cruzaba las calles con los ojos cerrados para ver si el destino existía. Y Malena se lo había repetido miles de veces con asombro religioso a lo largo de su vida: esa niña Agustina cruzaba las calles con los ojos cerrados para ver si el destino existía.

Perdiendo unos pocos segundos en el cambio de luz, aguardó hasta que la muchacha pasó a su lado,con la elegancia conferida por la delgadez y los patines, y confirmó lo que ya sabía, el espejismo.
Una jugarreta sentimental, decidió mirando de reojo la cara bonita. Las emociones de su visita a Buenos Aires enardecían semejanzas improbables. La chica en patines tenía facciones pequeñas, una nariz delicada; Agustina, en cambio, era fea. Ella la recordaba: mentón increiblemente largo que competía en extensión con la nariz, ásperas guedejas rulientas, puro anteojos y constitución escuálida.

No habían sido amigas. No compartieron clases y para Malena, Agustina era una cara divisada en los pasillos de la facultad donde fumaban los estudiantes entre un curso y otro. Pero Leonor, su amiga Leonor con quien planeaba encontrarse esa misma tarde en el "Florida Garden", la había frecuentado. Agustina y ella hicieron alguna materia juntas; latín,creía, o literatura argentina.

Y era Leonor quien le había contado esa historia deslumbrante y absurda de Agustina criatura quien, pese a la deslucida apariencia física, había tenido tratos con la muerte y el destino, tentando la suerte, tentando la desgracia.

Malena, joven e impresionable en aquellos tiempos desmesurados, exaltados, había escuchado la historia transportada. Con el correr de los años la había deshojado de la Agustina real y en su imaginación había transformado a la niña feucha e inteligente en una joven de Rossetti o William Morris. La reina Guenevere o, mejor aún, la Beata Beatrix, con el cabello ardiente y los párpados amplios, ofreciéndose al enigma, las manos en posición de recibir. Espectral, estéticamente impecable, la imagen la había acompañado fiel más de treinta años; a punto tal, que en la puerta de la heladera, en su departamento de Manhattan donde vivía ahora, había puesto, como una suerte de homenaje a su deslumbramiento, un imán con una mujer prerrafaelista, una reproducción de un cuadro de Millais, comprado en Oxford. La cabellera de la dama no desentonaba con los pimientos rojos.

En cuanto a la visión interior, no la de la heladera, reaparecía a veces desmelenada,los párpados serenos y cerrados, al atravesar la Tercera Avenida . O en Roma, adonde iba a menudo por razones de trabajo, en la via del Teatro di Marcello que flanquea el monumento a Vittorio Emanuelle, entre motorini y macchine minúsculos, no por ello menos letales. Se asomaba en la figura de una adolescente que caminaba errante anhelando certidumbres en la noche blanca de San Petersburgo, en la vereda de enfrente de Nevsky Prospekt. Con los párpados anchos y obstinados se corporizaba, en fin, cada vez que Malena reflexionaba sobre esa mezcla de elegir y dejarse llevar que era la vida. Su vida, por lo menos.

Alguien le había dicho que Agustina cruzando a ciegas las avenidas para torear al destino, era una buena metáfora de su generación. Habiéndose evadido – un continente de distancia es una suerte de evasión- Malena sentía que había puesto a raya la fatalidad.

En la esquina de la estación se dió vuelta para mirar las copas violetas de los jacarandás de Plaza San Martín, las calles en cuesta empinada que bordeaban el parque,y más lejos, la Recova de Leandro Alem. Todo el paisaje iluminado para ella, pensó, en el día sin nubes, tan hermoso noviembre en Buenos Aires. Se sintió nostálgica y feliz.
La patinadora altiva se había desvanecido entre los árboles. En la Torre de los Ingleses, dieron las dos menos diez.

Caminó sin prestar atención a los vendedores ambulantes y entró en la estación lúgubre y fresca. Los consabidos pibes, remeras mugrientas, ojos negros inmensos, le sonsacaron los consabidos pesos. Acarició la cabeza del menor de aquellos gorriones frágiles y malévolos y obtuvo únicamente una mirada quieta.

Giró en redondo, como hacía cada vez que entraba a un lugar conocido y cambiado de la ciudad, tratando de sacar fotos mentales. En este caso, las bocas de luz de los andenes, los kioscos de revistas, el bar confiteria y el gran horario con el anuncio de partidas y llegadas que casi arañaba el techo. Sabía, que en sus reminiscencias las fotos aparecerían semiveladas. Sobrevivirían apenas la evocación del vientre lúgubre y vagos olores a aceite y pasteles.

Igual que otras veces pensó que en unos años quizás volvería a Buenos Aires para quedarse. Con la jubilación y el alquiler del departamento en Manhattan, podría vivir bien entre amigos y parientes en una conversación infinita que la resarciera de su mutismo de emigrante, de la negociación perpetua con la soledad. Significaría, claro, alejarse de Marga y de sus nietos potenciales, si algún día su hija y David se abocaran a procrear. Pragmática, Marga aceptaría la distancia. "Si es tu conveniencia, mamá", a Malena le parecía escucharla. Tan prácticos estos jovenes de hoy…La conveniencia como faro de sus vidas.

"Buenos Aires es una linda ciudad para morir", había dicho la noche anterior su amigo Luis, el infatigable ocurrente.

--¿Pero no era París? Lo de Vallejo: "me moriré en París con aguacero..."

--No, Buenos Aires, nena. Buenos Aires es mil veces mejor. Aquí la Huesuda se pasea a sus anchas en este mar de melancolía que anega los cien barrios porteños. 
Habían reído, los literalmente viejos amigos, iluminados los pliegues de las caras por la luz de la lámpara de esa sala señorial con toques de desorden campechano, los sofás de cuero ajados, la alfombra desteñida. Habían reido y hablado hasta por los codos de parientes y conocidos, de oficinas y muertos entrañables , anónimos y célebres difuntos, de políticos y de cine, de una inundación en el campo de Luis, de una mala novela que trepaba a best-seller. 
Y de lo pésimo que andaba el país, naturalmente. Luis había dejado entrar al ovejero alemán que gimoteaba en el jardín exigiendo su participación y en el fragor de la cháchara el perrazo se había servido los sandwiches olvidados en una de las bandejas.
A medianoche habían comenzado a despedirse. Como era habitual entre los argentinos, el adiós se había alargado más de media hora con bromas y otras historias; con el cuento del tropezón, caida y entablillado del brazo de Matías y una aplicada explicación, brindada por Juan Simón, del arte de la arquería y las confusiones alrededor de la leyenda de Guillermo Tell.
Sí, a Malena le hubiese gustado regresar , aunque los amigos confesaban que se veían poco y Juan Simón llegó a decir que únicamente se reunían cuando ella pasaba por Buenos Aires.

No encontró, por cierto, un horario impreso. El boletero, un hombre con bigote frondoso y expresión adormilada, hizo correr el índice manchado de nicotina sobre un horario plastificado y sucio y le dijo que había un tren para Pilar cada hora, en las y media.

--Son locales y un expreso a las cinco.

Había prometido visitar a Victoria y a Facundo y de paso llevarse unos libros de su dispersa biblioteca de antaño, que ellos le habían hecho el favor de guardarlos con amor. ¿A qué hora llegaban los trenes?

--Ah, eso no sé. Tengo las partidas de y las llegadas a esta estación.—dijo el boletero subrayando las preposiciones con ínfula culterana.
Malena resopló. Quizás no quería extender la duración de los abrazos y el cotorreo hasta la madrugada, se dijo fastidiada. Estaba demasiado acostumbrada a los horarios impresos y a que se cumpliesen esos horarios, reflexionó incómoda consigo misma.
En la calle observó que el sol picaba y la resolana le hizo arder los ojos. Con el espíritu libre de propósito inspeccionó los puestos de mercachifles.
Vió remeras en todas las gamas deprimentes del amarillo, el verde y el púrpura horroroso, zapatillas con marcas apócrifas, libretas electrónicas de vida efímera, anteojos de sol --oh, no estaban tan mal, 10 pesos los anteojos-.

Admiró la originalidad de los puestos: planchas de aglomerado sobre carritos de supermercado o carretillas listas para el raje, en caso de que la policía apareciese a exigir minucias burocráticas. 
En el puesto donde se detuvo, había un hombre pagando y una mujer detrás de unos anteojos negros que elegía un par, "no para mí" comunicó, sin que Malena ni el señor calvo que recibía el vuelto ni el vendedor con flequillo retinto y dientes desparejos, uno de oro, le preguntasen nada. 
La mujer tenía el pelo cortísimo, medio centímetro extra de barbilla, unos anteojos con firuletes dorados en las patillas que en otra hubiesen lucido cursis y que a ella le quedaban elegantes, la nariz bulbosa, un libro voluminoso, anaranjado, bajo el brazo, cuyo título Malena no alcanzo a espiar. Levantaba los anteojos que estaba tratando de elegir, los miraba, no se los probaba, indecisa los devolvía a la mesa. Los cristales brillaban como pequeños soles desperdigados.
Malena no dudó: cuadrados, grandes y ya está. La mujer aprobó con una sonrisa "Ojalá yo fuera igual de decidida- dijo- pero los que quiero comprar ni siquiera son para mí –reiteró- son para mi nuera".
La recien llegada preguntó por el color de pelo de la nuera.
Castaño, rubiecito oscuro, se diría. 
Y la cara, ¿larga, redonda , cómo? 
Triangular. 
Aconsejó unos lentes ovalados con vidrios color caramelo. Casi transparentes para no ocultar la cara joven; los que ella hubiese usado hacía algunas temporadas.
La mujer agradeció: la había liberado, dijo, de la obligación de decidir.
--Soy la causa externa- contestó Malena usando la arcaica jerga de los apuntes de Filosofia y Letras, crítica del imperialismo.
--Exactamente- coincidió la mujer de pelo cortísimo. El sol retozó en los anteojos y rebotó en el vértice del pómulo. La mujer continuó mirando los cristales oscuros en una última meditación ociosa y a Malena le pareció que repetía 'la causa externa'. También creyó descubrir la naturaleza del libro aprisionado en el sobaco. Un rancio estudio de un semiólogo italiano. El 'exactamente', el mamotreto anaranjado, el mentón largo, la empujaron otra vez por el camino de las semejanzas. Se encontró deseando que la mujer fuese Agustina. Pero no, tampoco hubiese podido reconocerla. "Las obsesiones como faro de su vida", se burló de sí misma. 
--¿Algo más, señora? ¿Por qué no se lleva otro parcito? A este precio no va a encontrar…-- el sol brincó esta vez en el diente de oro del vendedor cuando le entregó el estuche de plástico púrpura horroroso.Se los puso sin dilación y el mundo se oscureció dulcemente, el resplandor la dejó en paz aunque con un leve dolor de cabeza, como si la noche anterior hubiese bebido vino blanco barato en vez del tinto de calidad aceptable. 
Al mirar el reloj de la Torre se quedó estupefacta por la velocidad con que pasaban los minutos. Casi las dos y cuarto. Debía ponerse en marcha.Le sonrió a la mujer, quien devolvió un movimiento de cabeza, olvidada ya del favor.

Tendría que apurarse. Leonor en el "Florida Garden", la única persona puntual en Santa María del Buen Ayre, se sentaría frente a ella, pocillo mediante, con la mirada castaña, vulnerable y montaraz siempre a la espera de respuestas y tiraría hacia atrás el pelo ondeado con el gesto familiar de sus dedos finos, bellas pinzas de márfil. 
Repitiendo así la ronda, Leonor y ella se contarían nuevas historias del pasado, se confesarían una que otra laceración del alma, bien pudiera ser, y Malena le hablaría de su sueño de retorno—--claro que Marga y los nietos nonatos… Cruzaría el parque. Acortaría camino como una ardilla de Manhattan que pisara flores de jacarandá en el atajo. Cruzaría en diagonal, en contravención y al mejor estilo de los locales. Delante iba una muchacha con el pelo azotando la espalda, el porte parecido al de la Agustina en patines que había visto hacía un rato, la Agustina imaginaria. Una última visita de una memoria usurpada, su pelo era una mata ardiente, antes de recibir el golpe mortal, antes del estámpido y del grito de Agustina que caminaba unos metros atrás, no adelante, de la señora que le había aconsejado la compra de unos anteojos color miel, el libro del semiólogo italiano guardado en el bolso. Demasiado lejos para que su mano la retuviese cuando el auto azul dobló veloz y ciego. Demasiado lenta, la ex estudiante de Filosofia y Letras, para evitar que el cuerpo de Malena, la otra estudiante de Filosofía y Letras, esa desconocida que tan gentil había sido librándome del suplicio de elegir, quedara tendido,plácido, los brazos extendidos como dispuestos a abrazar. 
Agustina se tapó la boca con la mano que no pudo detener a la dama gentil y recordó el riesgo de un juego ejecutado en las avenidas de la infancia con los ojos cerrados para ver si el destino existía. Bajo el sol duro,lo revivió. En la tarde partida en pedazos, lo recordó.

 

"Cuando yo te vuelva a ver" fue publicado en la antología "Narraciones sin frontera, 27 cuentistas hispanoamericanos", Sin Frontera editores-2004. Todos los derechos reservados.

fue publicado en la antología "Narraciones sin frontera, 27 cuentistas hispanoamericanos", Sin Frontera editores-2004. Todos los derechos reservados.


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